El sendero hacia la calma

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Hay semanas en las que el ruido digital se vuelve ensordecedor. Entre auditorías interminables, la planificación estratégica para los clientes de la agencia y las horas invertidas intentando que los flujos de automatización funcionen a la perfección, llega un momento en que la mente simplemente pide auxilio. La necesidad de apartar la vista de los monitores y buscar un horizonte real se convierte en una urgencia física. Afortunadamente, viviendo en Vigo, tengo el antídoto perfecto a tan solo una breve travesía en barco: hacer una buena ruta senderismo islas cies.

Nada más desembarcar en el muelle de Rodas, el cambio de paradigma es absoluto. Dejas atrás el asfalto y el ritmo frenético de la ciudad para adentrarte en un santuario natural donde el tiempo parece dictarse exclusivamente por las mareas y el viento. De todas las opciones que ofrece el archipiélago, siempre acabo decantándome por la Ruta del Monte Faro. Es el trayecto más emblemático, un ascenso constante y exigente que actúa como una verdadera terapia de choque contra el sedentarismo y la rigidez que me impone mi día a día frente al teclado.

Los primeros tramos, bordeando el Lago dos Nenos, sirven como calentamiento. El olor a pino y a tierra húmeda se mezcla con el salitre del océano, creando una atmósfera que te limpia los pulmones casi de inmediato. A medida que el sendero comienza a empinarse y a zigzaguear por la ladera de la isla, el esfuerzo físico empieza a demandar toda mi atención. Es una sensación liberadora: cuando los músculos de las piernas queman y la respiración se acelera, no hay espacio en el cerebro para pensar en la caída de tráfico de una web o en el error de un plugin. La montaña te exige una presencia absoluta en el aquí y el ahora.

El tramo final, esa mítica subida en zigzag desafiando la gravedad y, a menudo, las fuertes rachas de viento atlántico, es la prueba definitiva. Cada paso cuesta un poco más, pero la recompensa visual se va abriendo a tus espaldas de forma majestuosa. Al coronar la cima y llegar a la base del faro, el agotamiento desaparece de golpe. Sentarse en las rocas a contemplar la inmensidad del océano abierto, viendo cómo las olas rompen con furia contra los acantilados de la vertiente oeste y observando la inconfundible silueta de la costa de las Rías Baixas a lo lejos, te devuelve la perspectiva. Es una cura de humildad brutal frente a la inmensidad de la naturaleza.

Allí arriba, envuelto únicamente por el sonido del viento y las gaviotas patiamarillas, encuentro esa ansiada desconexión total. Me doy cuenta de que, aunque pase mis jornadas construyendo y optimizando arquitecturas digitales, mi verdadero equilibrio reside en pisar la tierra. El descenso de vuelta a la playa se hace con las piernas pesadas pero con la mente increíblemente ligera, reseteada por completo y lista para tomar el barco de vuelta, sabiendo que este refugio siempre estará esperando cuando necesite volver a respirar.