El viaje del calentador: Una mañana rumbo a Cambados

No hay nada que te despierte más rápido, y de peor humor, que el agua helada cayendo sobre tu espalda a las siete de la mañana. Ese fue mi inicio del día ayer. El calentador de casa, ese viejo electrodoméstico al que rara vez prestas atención hasta que decide rendirse sin previo aviso, había dicho basta. Después de un par de intentos fallidos de reiniciarlo, y de cruzar miradas de resignación con mi mujer al confirmar que no tendríamos agua caliente, quedó claro que el problema superaba mis nulos conocimientos de fontanería. Había que llevarlo a reparar, y el taller de reparación calentadores Cambados.

El primer gran obstáculo era estrictamente logístico. Un calentador no es exactamente el objeto más ergonómico, limpio ni ligero para meter a la fuerza en el maletero de un coche estándar. Por suerte, contaba con un as en la manga. Llamé a mi hermano y le pedí prestada su camper para pasar la mañana. Con el espacio extra en la parte trasera de la furgoneta, cargar el enorme trasto metálico fue una tarea mucho menos dolorosa para mi espalda. Aseguré el equipo con unas cinchas para evitar que fuera dando tumbos o dañara el interior con cada rotonda, y me preparé para emprender la ruta.

Con el calentador bien amarrado, encendí el motor y dejé atrás el denso tráfico matutino de Vigo. Tenía por delante un trayecto de algo más de media hora hacia el corazón de la comarca del Salnés. Para acompañar el trayecto por carretera, conecté el equipo de sonido y dejé que los ritmos del Selected Ambient Works de Aphex Twin inundaran la cabina de la camper. Es un disco que me sigue pareciendo que cada año suena mejor, y sus texturas atmosféricas eran el contraste perfecto para rebajar la frustración de la avería doméstica. Conducir por la autopista con el paisaje de la ría asomando de fondo, envuelto en esa música, convirtió lo que debía ser un recado molesto en un paseo matutino casi terapéutico.

Llegar a Cambados siempre tiene su encanto natural, con sus casas de piedra y sus calles históricas, incluso cuando el motivo principal de tu visita es lidiar con un electrodoméstico estropeado. Aparqué la furgoneta cerca del taller de reparación, en una de esas calles algo más estrechas donde el característico olor a mar se mezcla con el ajetreo y la actividad comercial de los negocios locales de toda la vida. Desatar las cinchas del calentador fue bastante más rápido que todo el proceso de cargarlo antes. Con un pequeño esfuerzo final, y cuidando de no golpear la chapa de la camper, lo arrastré hasta el interior del local.

El técnico, un hombre curtido entre piezas de cobre y válvulas de presión, le echó un vistazo rápido y asintió con la cabeza. Al parecer, la pieza defectuosa era un clásico en ese modelo. Me aseguró que en un par de días lo tendrían listo y funcionando como nuevo. Salí del taller con las manos manchadas de polvo pero con una inmensa sensación de alivio. Aún nos quedaban un par de días de calentar ollas de agua en la cocina, pero la solución ya estaba en marcha. Me subí de nuevo a la camper, subí un poco más el volumen y emprendí el camino de regreso a casa.